Angela Merkel, de heredera aventajada de Kohl a eterna canciller capaz de adaptarse a todas las crisis

Sobre Angela Merkel hay multitud de leyendas y de tópicos. Desde que lloró durante la crisis del euro hasta que elegía el color de su americana en función de la cita política o cumbre a la que asistiera. La todavía canciller alemana es una de las figuras más respetadas en la historia de Europa, y seguirá siéndolo cuando ya no esté en el foco. Queda muy poco para que dé un paso atrás, pues tras las elecciones del 26 de septiembre Merkel ya no ocupará el cargo de canciller. 16 años en el poder han sido suficientes para la eterna mandataria. Su historia es la del pragmatismo, la firmeza y la estabilidad.

Física y química de profesión, la historia de Merkel con la política tiene muchísimo fondo. Nacida en Hamburgo cuando todavía existía la República Federal Alemana, la implicación democrática de la todavía canciller fue creciendo a partir de 1989, con la caída del Muro de Berlín. Entonces Alemania estaba en una profunda transformación y Merkel se convirtió en parte activa de la reunificación, primero militando en las juventudes y posteriormente ya de la CDU. Tardó poco en dar el salto a la esfera federal, con el primer Gobierno de Helmut Kohl, que está considerado su mentor y cuya herencia ha seguido hasta sus últimos tiempos como canciller.

En diciembre de 1990 Merkel ya fue nombrada ministra de Mujer y Juventud y solo cuatro años después cambió de cartera para ocuparse del mediambiente. Kohl guió a Merkel hasta tal punto que la hizo su sustituta al frente de la CDU cuando en 1998 el SPD de Gerhard Schroeder llegó al poder. Los democristianos pasaron a la oposición y Merkel se erigió como una especie de salvadora. Fue ahí donde dio el paso definitivo a la primera línea.

Su primera etapa de ascenso culminó cuando fue elegida líder de la CDU en el año 2000, con el partido todavía en la oposición y con el Gobierno de Schroeder en un buen momento. Entonces el socialdemócrata era un mal rival para los democristianos, porque su nivel de aprobación era bastante elevado. Merkel se enfrentaba a una (otra) carrera de fondo.

Y el 2005 se convirtió en el año clave: contra todo pronóstico, la candidata de la CDU, alumna preferida de Kohl y hecha a sí misma durante la reunificación ganaba las elecciones. La CDU volvía al poder y con ese triunfo empezaba, ahora sí, el legado de Angela Merkel. Su figura se puede resumir en tres palabras: paciencia, pragmatismo y claridad. Es imposible pensar en la Alemania del siglo XXI sin pensar en Merkel.

Con Angela Merkel como canciller se popularizó en Alemania la gran coalición. Es decir, el Gobierno formado por los dos principales partidos (CDU y SPD). La primera llegó precisamente en 2005, y dio paso a la que quizás fue la época más tranquila para la mandamás germana. Se convirtió, además, en la primera persona de la antigua RDA en acceder a la cancillería de la Alemania unificada. Bajo su rictus sobrio y un discurso firme y bien armado, Merkel lanzó una mirada a medio plazo para Alemania, todavía sin saber que el sillón de canciller iba a estar ocupado por ella casi dos décadas.

Entre otras cosas, en su primera legislatura firmó el cierre de las centrales nucleares en el país para el año 2020. Además, en 2007 Merkel sustituyó a Vladimir Putin como líder del G8 y a nivel nacional refrendó los "valores cristianos" representados por la CDU. Además, entonces ya se mostró favorable a la alianza de la OTAN y empezó a hacerse con un espacio muy relevante como 'jefa' en el marco de la Unión Europea, aunque sus momentos álgidos en los pasillos de Bruselas estaban todavía por llegar.

Con su segunda victoria electoral, en 2009, Merkel acabó por consolidarse. Esta vez compartió Ejecutivo con los liberales del FDP y los focos se posaron sobre ella con la llegada de la crisis económica en toda la Unión Europea. Angela Merkel se convirtió entonces en la dama de hierro 2.0. Con Mario Draghi como presidente del BCE, ambos pusieron las bases de una política de recortes y de exigencias que les valieron numerosas críticas. El objetivo era ni más ni menos que salvar el euro.

Quienes vieron, aunque fuera desde cierta distancia, aquellas cumbres reconocieron que son los momentos de más flaqueza de Merkel en el poder. La mano dura empleada sobre todo con Grecia sacó a relucir el perfil más intransigente de una canciller a la que el peso de la responsabilidad no desgastó a nivel nacional. Cuando en el futuro haya que explicar la gran recesión, la cara de Merkel copará muchas portadas...pero no siempre para bien.

La figura de Merkel y su aura sobrevivieron a la crisis económica, pero en 2015 llegó otra de carácter social: había que acoger refugiados ante la guerra en Siria. Empezaron a llegar a Europa y la canciller alemana lideró, casi contra pronóstico, el mensaje de "puertas abiertas". A favor de la acogida, Angela Merkel navegó entre la ortodoxia económica en el seno de la UE y la mano tendida para gestionar la cuestión migratoria. Era una cara apenas vista antes de la líder de la CDU, que en 2013 había ganado de nuevo las elecciones con un desgaste que aunque existente era mínimo.

Merkel, en ese contexto, lanzó un cordón sanitario contra la ultraderecha de AfD, cuyo discurso estaba (y está) clarísimamente basado en la antiinmigración. Ni un acercamiento a ellos. La canciller siguió tirando de pragmatismo, siendo capaz de adaptarse no solo a las crisis si no también a la época en cuestión. La CDU de Merkel, como ella dijo en su momento, ocupaba "el centro" de la política alemana. Y desde el centro seguía ganando elecciones.

El peso de la responsabilidad llevó a Angela Merkel a su cuarto mandato, tras las elecciones de 2017, sus últimas. Ahí ya la gran coalición acusó cierta caída y solo sumó el 53% de los votos. Merkel exploró otras opciones de pacto dando fe de su transversalidad, pero fue imposible. Tras cinco meses de negociaciones, cerró un nuevo acuerdo con el SPD. Desde entonces ha ido reculando: en 2018 dejó el liderazgo de la CDU, que primero pasó a manos de la que es su ministra de Defensa, Annegret Kramp-Karrenbauer, pero esta tuvo que dimitir tras un conato de pacto con AfD en Turingia. Su sustituto finalmente ya es Armin Laschet, considerado 'merkeliano', precisamente para seguir la línea marcada por la eterna canciller.

La gestión de la pandemia de Covid ha vuelto a poner a prueba las espaldas de Merkel, que siguen siendo anchas para enfrentar las críticas. A nivel político se han juntado reproches y elogios, pero un detalle más de su legado es que encabezase el fondo de recuperación de la UE para hacer frente a la crisis. De esa forma, en parte, dejaba atrás las tesis de 2008 que la habían convertido en una especie de Cruella de Vil. Los alemanes y alemanas, en cambio, siempre la han mantenido en niveles altísimos de aprobación, fuese cual fuese el contexto.

A lo largo de sus 16 años en el poder, Angela Merkel ha visto pasar nueve primeros ministros italianos, ocho griegos y ocho belgas, además de tres españoles y cuatro estadounidenses. Mientras, ella ha resistido a citas electorales, ganando y pactando, a numerosas crisis, y a cambios de era en el mundo, con hitos que se leerán en los libros de historia. Eso da buena cuenta de lo que supone su figura no solo para Alemania, sino también a nivel internacional. Con aciertos y errores, el legado de Merkel parece muy complicado de repetir.

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