Las Bellostas, el pueblo de los 5 hombres

Hay más de 3.000 pueblos abandonados en España, o semidesiertos, que casi da más pena. Allí llegan las carreteras con baches, también vaciadas, y suelen cruzarse dos calles principales, la primera con la iglesia al fondo y la segunda que limita con el horizonte. Es la que cruzan los coches, que a veces paran, y se detienen unos minutos: varias fotos, un poco de aire fresco y limpio. Y listos.

Las Bellostas es una de estas pequeñas joyas, escondida al cobijo de la Sierra de Guara (Huesca), donde aceite, vino y paisaje dan la vida. Desde hace más de una década, aquí ya solo quedan Pablo, Alejandro, Inocencio, Jesús y otro Alejandro. Todos por encima de los 70 años, todos hombres y de campo, qué duro el campo.

"Aquí tuvimos doctor, cura, maestra y peluquero. En los años 70, Las Bellostas tenía 80 habitantes pero, poco a poco, se fueron marchando a la ciudad. Ya no había mucho que hacer, trabajar el campo". Pablo y Alejandro, los hermanos Sierra Sierra, abren las puertas del pueblo y su historia al forastero. Todo es paz y, prestando la adecuada atención, se llega a escuchar el silencio, que todo lo invade.

Atrás queda Inocencio, bronceado al sol de la mañana junto a su perro, apurando que llega el frío, mientras los Sierra recuerdan a cada paso: "Aquí nació mi padre y enfrente mi madre, pobrita. Se casaron pronto y se mudaron a esta casa, donde nacimos nosotros. Mi padre trabajaba el campo y mi madre cantaba, y sabía leer y escribir. Murió hace unos años, era la jefa, pobrita".

Hablan ellos y la tierra, tan sosegada y dura para quién echa raíces, en medio de un paraíso y al mismo tiempo rodeado por la nada, como tantos otros pueblos que se quedaron en blanco y negro: "Claro que se echa en falta a la gente y claro que hemos pensado alguna vez en marcharnos, pero aquí hay mucha calma, se vive muy tranquilo y nosotros ya tenemos una edad. De aquí ya no nos marchamos", coinciden.

A las cinco de la mañana, los Sierra amanecen y ponen rumbo al rebaño, cada día igual durante los últimos 50 años, sin vacaciones: "Nunca las tuvimos, yo una vez estuve en la playa, en Barcelona, pero qué incomodo era, ¿cómo se sienta la gente en la arena?", recuerda divertido Alejandro. Pablo apunta, al quite: "Y yo probé una vez la pizza, pero aquello no me gustó, era chicle. Con lo que tenemos en el campo, no necesitamos comida de esa". No faltan viandas en su despensa, abierta de par en par al visitante, colmado de hospitalidad.

Unas horas más tarde, acabada la faena, los cinco de Las Bellostas se reúnen para hablar de sus cosas, del tiempo, las cosechas, y de los políticos, que "lo hacen muy mal y encima se suben el sueldo": "Claro que vemos la tele, la cosa cada vez está peor ahí fuera. Aquí se está mucho mejor". No hubo confinamiento en las Bellostas, obvio, pero Pfizer ya pasó por allí en su doble viaje. "Nadie ha tenido el coronavirus".

Continúa el paseo por un decorado. Ya no quedan niños en la escuela, casi derruida por el tiempo, y la iglesia apenas se abre para algún curioso. Hay un espíritu triste que vaga por las calles: "Da pena ver todas las casas vacías cuando antes había tanta vida, llegamos a ser 20 niños en la escuela. Aquí trajimos nosotros el primer coche, en 1972, ahí está aparcado, y aquí trajeron la primera cocina de leña en 1945. Vino en burro y sigue en nuestra casa, la calienta entera cuando se pone en marcha. Y también nos corrimos nuestras juergas, eh, cuando éramos jóvenes, yendo a los bailes, conociendo chicas. Pero ya se nos pasó el tiempo para eso también, aunque un poco... pues también se echan de menos las mujeres", suspira Pablo.

Pese al reciente empuje en defensa de la España vaciada, los cinco de Bellostas no ven solución para su querido pueblo, y eso que la pasada semana por aquí cruzaron centenares de atletas de montaña durante el Trail de Guara, una procesión anual para la que los Sierra colaboran abriendo sus dominios: "Es normal que la gente se vaya, aquí no hay apenas ni Internet. No sé, deberían hacer algo para atraer a las familias, niños, porque lo que más pena nos da es que cuando nos muramos, no va a quedar nadie. ¿Qué va a ser de esto?".

Tres horas después, al abandonar Las Bellostas, en el retrovisor todavía quedan las siluetas de Pablo y Alejandro, más y más diminutas. Y da la sensación de que si hay oportunidad de volver, en 10 o 50 años, el pueblo seguirá suspendido en el tiempo, y los hermanos Sierra seguirán allí, en el mismo sitio donde ahora se despiden, charlando con el silencio, recordando a su madre, que cantaba. Pobrita.

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