El campo y yo

Como buen tertuliano de guardia, en esta última semana me han preguntado en diferentes medios de comunicación en no menos de cuatro o cinco ocasiones por mi opinión sobre esta revuelta de tractores que colapsa de forma intermitente las carreteras españolas para recordarnos que el campo existe y que necesita ayuda.

Para responder, he leído y he escuchado sobre el asunto todo lo que he podido, pero, a diferencia de otros asuntos políticos donde suelo tener mejor información y más capacidad de comprensión, aquí he tirado de oficio y de unos cuantos lugares comunes para poder ofrecer una respuesta más o menos ajustada pero bastante alicorta a la pregunta sobre los porqués del estallido de indignación en eso que ahora algunos finolis llaman ‘lo rural’.

Como tantos otros urbanitas, yo del campo sé bien poco. Y, lo confieso, como tantos otros urbanitas, he terminado por actuar como si la leche, la verdura, la fruta y la carne de mi despensa arribaran por arte de magia a los lineales de los supermercados.

Entiendo el hartazgo de agricultores y ganaderos. Su vida no es una postal idílica para deleite de los turistas que se escapan los fines de semana a alguna villa con vistas bucólicas. Su vida es levantarse muy temprano de lunes a domingo, que las cuentas nunca les salgan bien, que los problemas les asfixien, que quienes toman decisiones que impactan sobre sus vidas den la sensación de no haber salido jamás de sus despachos de Bruselas y que, encima, los inquisidores habituales les tilden de fachas por tener un tractor en propiedad.

Como tantos otros urbanitas, he terminado por actuar como si la leche, la verdura, la fruta y la carne de mi despensa arribaran por arte de magia a los lineales de los supermercados

Lo del campo es un ‘basta ya’, un ‘así no aguanto más’ que no se arregla con un par de ayudas más, sino que necesita de una reflexión más profunda que no cabe en las líneas de esta columna ni puede salir de gente como yo, que actúa en su vida como si el campo solo fuera eso que se ve detrás de los cristales del coche cuando sale de viaje. Un respeto, por tanto, a quienes se dedican a él. Y un poco más de empatía y de comprensión, que ya han aguantado bastante.

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