Fuentes huérfanas: cuando los residuos radioactivos están fuera de control (y más cerca de lo que pensamos)

¿Qué son las llamadas fuentes huérfanas? ¿Qué peligros acarrean? ¿Se encuentran cerca de tu ciudad o de tu pueblo? ¿Y qué medidas tecnológicas se utilizan para contenerlas? Estas son algunas de las dudas que me surgieron cuando se puso en contacto conmigo una empresa española especializada en el uso de las tecnologías para la seguridad y protección de infraestructuras.

Empecemos por el principio: una fuente huérfana es una fuente radiactiva autónoma que no está bajo el control regulatorio adecuado. Normalmente, cuando pensamos en radioactividad nos suele venir a la cabeza la central de energía nuclear de Homer Simpson con sus grandes chimeneas humeantes, sin embargo este tipo de residuos se pueden generar de muchas más formas de las que te imaginas. Por ejemplo, de maquinaria médica, de fábricas de fundición o de acerías.

La siguiente pregunta lógica sería si estas fuentes huérfanas son peligrosas. La respuesta es sí -o al menos potencialmente lo son-. El tratamiento de estos residuos radiactivos es un asunto de relevancia mundial, dado que en caso de pérdida o robo se pueden originar accidentes muy graves que pueden ocasionar grandes pérdidas económicas y personales. De hecho, se han producido numerosos incidentes, algunos incluso con pérdidas humanas.

En España, el Real Decreto 229/2006, de 24 de febrero, obliga a evitar “la exposición de los trabajadores y del público a las radiaciones ionizantes como consecuencia de un control inadecuado de las fuentes radiactivas encapsuladas de alta actividad y de la posible existencia de fuentes huérfanas”. Por un lado, se trata de conseguir un control de este tipo de fuentes radiactivas durante todo el período de vida de las mismas, desde su fabricación hasta el final de su vida útil y, por otro, se trata de hacer frente a los riesgos que plantea la existencia de fuentes radiactivas sobre las que o nunca ha habido, o se ha perdido, el control -fuentes huérfanas-.

Según información proporcionada por Excem Technologies, proveedor español de soluciones tecnológicas especializadas en seguridad y protección de infraestructuras, desde 1998 y hasta 2017 se han detectado en España 1.824 casos de fuentes huérfanas.

En 1988, debido a la quema de una fuente huérfana de Cesio 137, se generó una nube radiactiva en una planta de procesamiento de chatarra en Cádiz que elevó la radiación de la zona 1.000 veces más de las mediciones normales. Los costes derivados del tratamiento del problema y los posteriores controles de salud y refuerzo de la seguridad sumaron más de 20 millones de euros.

En 2017 la central nuclear de Ascó fue sancionada con 1,1 millones de euros por gestionar de forma “negligente” fuentes radiactivas en desuso: el Consejo de Seguridad Nuclear (CSN) inspeccionó el inventario total de fuentes utilizadas hasta entonces en la central, en el que figuraban 275 fuentes aún operativas y 518 dadas de baja. De estas últimas, los responsables no fueron capaces de precisar dónde se almacenaban 233, es decir, casi la mitad.

Los gestores de la central aseguraron que algunas se habrían enviado a El Cabril, dentro de bidones con otros materiales residuales de distinta naturaleza, desde 1992 y hasta 2004, y que otras estarían en bidones que todavía no habían sido expedidos y que se almacenaban en el Almacén Temporal de Residuos Sólidos de la propia central. En otro grupo de fuentes se indicaba directamente “desconocimiento del paradero, pérdida o extravío”.

A nivel mundial ha habido casos graves en la historia, como el producido en Goiania (Brasil) en 1987, al robar unos chatarreros una fuente intensa de una clínica de radioterapia abandonada, que llegó a causar la muerte a cuatro personas, la hospitalización de varias y la contaminación de una zona urbana de un kilómetro cuadrado.

Pero además de accidentes nucleares y radiológicos, las fuentes huérfanas también pueden ser empleadas en la elaboración de artefactos explosivos con dispersión radiológica en posibles ataques terroristas, por lo que resulta imprescindible que se controlen y así mitigar los riesgos para la población y el medioambiente.

Actualmente, en España, hay más de 370 empresas que trabajan en sectores de recuperación, reciclaje, acerías, siderurgia y metales. Estas organizaciones no trabajan directamente con fuentes huérfanas, sino que al trabajar con residuos de metales, es posible que puedan detectarlas.

Las instalaciones de almacenamiento de desechos nucleares deben diseñarse para proteger los desechos del robo, protegerlos de la emisión de radiactividad, evitar que se filtren al agua o al suelo, aislarlos de la liberación por desastres naturales y esconderlos de las generaciones futuras que tal vez no comprendan su peligro.

El principal riesgo de los desechos nucleares es el agua que corre a través de los contenedores de almacenamiento sellados (toneles secos) y que saca las partículas nucleares del almacenamiento. Teniendo esto en cuenta, las dos opciones principales de almacenamiento son los sitios protegidos sobre el suelo y los depósitos geológicos subterráneos.

El Cabril es la instalación de almacenamiento de residuos radiactivos de muy baja, baja y media actividad en España y está situado en el término municipal de Hornachuelos, en Córdoba.

ENRESA (Empresa Nacional de Residuos Radiactivos, S. A.), la organización designada por el Estado para el desempeño de este servicio público esencial de gestión de los residuos radiactivos, creó este ‘cementerio’ en 1984.

Actualmente, El Cabril tiene almacenados un total de 54.324 metros cúbicos de residuos, 34.927 metros cúbicos de baja y media actividad, por lo que el almacenamiento destinado a estos residuos se encuentra a un 80% de ocupación, de tal forma que de las 28 estructuras de almacenamiento disponibles 22 están completas, según indicaban recientemente fuentes oficiales.

Excem Technologies recomienda siempre utilizar el equipamiento adecuado para detectar radiación. “Los sistemas de detección pueden ser pórticos de monitorización que miden la radiación al paso de cada partida de chatarra y que activan una alarma cuando detectan niveles de radiación anómalos. Además de los pórticos fijos, también hay equipamiento portátil de fácil uso para el personal, que van desde un detector manual hasta un espectrómetro que brinda unos resultados más precisos”, explican desde la empresa.

Eso sí, subrayan encarecidamente que “todos los trabajadores que puedan estar potencialmente expuestos a este tipo de materiales deben recibir una formación previa en la que se les explicará cómo detectar una fuente huérfana y cómo deben actuar en esos casos”. El trabajador debe tener el conocimiento y formación necesaria sobre los diferentes métodos de detección visual de las fuentes, así como de sus contenedores, sobre las medidas que deben tomarse en caso de detectarse o sospecharse la presencia de una fuente y sobre la operación y el mantenimiento de la instrumentación de vigilancia y controles radiológicos disponibles en la instalación.

La ley es muy clara en este punto y establece que en caso de que cualquier miembro de la plantilla detecte o sospeche de la presencia de una fuente huérfana debe contactar con una Unidad Técnica de Protección Radiológica autorizada por el Consejo de Seguridad Nuclear para la prestación de servicios en este ámbito, que asesorará y dará la asistencia técnica especializada necesaria para preservar la seguridad de los trabajadores, miembros de la sociedad, así como la de la propia fuente. Una vez identificada, ENRESA se encarga de recoger, custodiar y procesar lo encontrado.

Apúntate a nuestra newsletter y recibe en tu correo las últimas noticias sobre tecnología.

Zircon - This is a contributing Drupal Theme
Design by WeebPal.