Mi pobre maleta

Es una maleta gris, no solo por el color, también por el aspecto. Se ve a la legua que es de las baratas. Sin marca, plástico rígido y tamaño cabina, es de las que parecen diseñadas para ser del montón. No me costó un euro, fue un regalo de Navidad que el departamento de Comunicación de Esperanza Aguirre hizo a los periodistas que cubríamos las cosas de Madrid en aquella época de vino y rosas en que las instituciones se pasaban obsequiando a la prensa. Lo decente era devolver los presentes onerosos pero el de aquella maleta made in China no era el caso, su pobre apariencia no te hacía sentirte sobornado. Lo cierto es que la usé y enseguida advertí que, además de práctica, era resistente, tanto que podías llenarla hasta reventar sin que diera síntomas de flaqueza.

Esa maleta ha cruzado el Atlántico más de veinte veces y algunas menos el Pacífico. Sus cuatro ruedas habrán recorrido cientos de kilómetros por los aeropuertos de medio mundo y superado el maltrato del pavimento de sus ciudades con una fortaleza encomiable. Sé que suena ridículo, pero le he cogido cariño, es ya como una querida compañera que nunca te falla. Ese peculiar afecto al objeto vino a elevar mi indignación cuando en la cola de embarque de Barajas una empleada vinagre de Ryanair la apartó despreciativa como si portara material tóxico. "Esta maleta tiene que pagar", me dijo. Era un vuelo a Bolonia y lo que pretendía que pagara por mi maleta superaba con creces lo que había costado el billete. El truco estaba en que, al adquirir el pasaje, pagué por el equipaje, pero no por llevarlo en cabina, un detalle casi encriptado en su web del que otros muchos pasajeros también fueron víctimas. Tuve la suerte de que una pareja que, sin saberlo, pagó por dos maletas cuando solo llevaba una, se ofreció a pasar la mía con la doble intención de hacerme el favor y chinchar a la compañía y su borde representante.

Este y otros episodios parecidos son moneda corriente en las salas de embarque donde opera la compañía irlandesa, algunos de cuyos modos han copiado otras aerolíneas low cost a sabiendas de que vulneran las normas establecidas y maltratan a sus clientes. A finales de mayo, el Ministerio de Derechos Sociales y Consumo imponía una sanción de 150 millones de euros a Ryanair, Easyjet, Vueling y Volotea por prácticas abusivas a los pasajeros. El palo llegaba tras la denuncia interpuesta en 2023 por varias asociaciones de consumidores fundamentada en el aluvión de quejas recibidas por sus clientes que se declaran abusados e incluso vejados por estas compañías sin obtener amparo. Entre los motivos aducidos destaca precisamente la exigencia de sobrecoste por el transporte de equipaje en cabina, aunque hay otras acciones tan aberrantes como el cobro de un suplemento de 20 euros por imprimir la tarjeta de embarque.

El pasado mes de septiembre, el Parlamento Europeo aprobó por unanimidad el derecho de los pasajeros a llevar gratis una maleta de mano en cabina y el artículo 97 de la Ley de Navegación Aérea no deja duda: "El transportista estará obligado a transportar junto con los viajeros y dentro del precio del billete, el equipaje con los límites de peso". Es decir, que la empleada vinagre que apartó mi humilde maleta, ya sé que por orden de sus jefes, se estaba saltando la ley. El problema es que incumplir las leyes y pagar las multas, por millonarias que sean, les sale más rentable a las compañías que respetarlas. Ryanair ha presentado un beneficio neto de casi dos mil millones y las sanciones, que siempre recurre, aunque las pierda, son calderilla para su cuenta de resultados. Si mi maleta hablara...

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