¿Pagar el pan en bitcóin? Así es la lucha entre bancos, tecnológicas y gobiernos por reinar en el 'salvaje oeste' financiero

Desde hace escasamente un mes, cualquier salvadoreño o persona que esté de paso por El Salvador puede acercarse a una tienda, sacar de su bolsillo el teléfono móvil y pagar la compra en bitcóin sin que el comerciante pueda oponer la menor resistencia. Una ley que entró en vigor a comienzos de septiembre convierte a este país en el primero del mundo en aceptar la más célebre de todas las criptomonedas como forma de pago.

Más allá de la dudosa utilidad práctica de la medida, el paso sin precedentes que ha dado El Salvador revela un debate cada vez más apremiante en el seno del sistema financiero global. ¿Qué pasaría si mañana fuera Amazon quien comenzara a aceptar los pagos en bitcóin? ¿Qué ocurriría si millones de ahorradores de todo el mundo optaran por almacenar sus ingresos en Diem, la criptomoneda que está desarrollando Facebook, y no en dólares o euros?

Estas hipótesis no parecen plausibles, al menos a corto plazo, pero la creciente popularidad de las criptodivisas y el peso cada vez mayor de plataformas financieras digitales como PayPal, Alipay o MercadoPago en las finanzas globales suscitan dudas sobre el papel de la banca tradicional.

Las criptomonedas nacieron la década pasada con una visión de las finanzas que pasa por borrar a los bancos de la ecuación pero que genera múltiples incertidumbres. Los principios sobre los que se fundó bitcóin, el primer criptoactivo en ver la luz allá por enero de 2009, la definen como "una versión electrónica del dinero que permitiría pagos online directamente de una parte a otra sin pasar por una institución financiera".

Actualmente, la inmensa mayoría de transacciones virtuales de dinero las supervisan los bancos. Cuando uno paga con tarjeta en un comercio o envía un bizum a un amigo, hay un banco detrás que certifica que esa cantidad sale de una cuenta y otro que anota que se ha recibido. Con la idea de saltarse este paso, el creador de bitcóin (o creadores, dado que se desconoce quién está detrás del proyecto) ideó una revolucionaria y compleja tecnología que bautizó con el nombre de blockchain. Sin entrar en detalles técnicos, el blockchain actúa como una especie de registro contable virtual descentralizado que no requiere de un tercero que certifique las operaciones.

Sin embargo, lo que surgió como un proyecto revolucionario para democratizar las finanzas se ha convertido en un activo especulativo deseado por inversores de medio mundo. Bitcóin acumula una capitalización que supera los 800.000 millones de dólares, una cifra que lo convierte el noveno activo más valioso del planeta, por encima de empresas como Tesla, Visa o Samsung. Si bitcóin fuera un país sería la 16ª economía más grande del mundo, con un PIB superior al de Turquía, Países Bajos o Arabia Saudí.

Pero su utilidad como moneda es bastante cuestionable. Su gran problema y el de buena parte de las más de 12.000 criptodivisas que hay el mercado actualmente es que todavía no cumplen con dos condiciones fundamentales que cualquier consumidor esperara del dinero: que su valor sea estable y que realmente sirva para comprar cosas.

Por ejemplo, si un salvadoreño hubiera podido comprar el pan en bitcóin el 15 de abril de este año (cuando una unidad se cambiaba a 63.314 dólares en el mercado) le habría costado 0,000025 bitcóin, o lo que es lo mismo 1,6 dólares. Sin embargo, si ese mismo comprador hubiese acudido a la misma panadería el 20 de julio, cuando el bitcóin se desplomó hasta los 29.807 dólares, el kilo de pan le habría costado 0,000053 bitcóin, es decir, el doble de lo que habría pagado en abril por el mismo producto.

Pero entonces... ¿por qué genera tanto interés una moneda tan volátil, con la que no se puede comprar nada y cuyo valor no está respaldado por ninguna autoridad? La respuesta tiene mucho que ver con la especulación, el mercado negro y las expectativas de futuro.

Según un informe de la analista del sector Chainalysis, en 2020 se movieron un total de 10.000 millones de dólares en criptomonedas vinculados a actividades ilícitas. De ellos, la mayoría estaban vinculados a estafas o a la compraventa en la darknet -un mercado digital ajeno a los cauces legales donde se pueden adquirir drogas y otros bienes ilícitos-, aunque también se relaciona a las criptomonedas con el pago de rescates tras ataques de ransomware, lavado de dinero e incluso financiación del terrorismo.

Sin embargo, el principal atractivo actual está en especular con su valor. El Banco Central Europeo (BCE) define a esta divisa como "un activo especulativo, algo en lo que puedes apostar para obtener beneficio pero con riesgo de perder la inversión". Alejandro Neut, economista líder en la unidad de Economía Digital de BBVA Research, añade que su utilización "todavía es muy incipiente" y coincide con el diagnóstico del BCE: "Los criptoactivos actualmente están en una etapa muy temprana en que su uso es mayoritariamente para fines especulativos, desarrollar valor", apunta.

No obstante, Neut destaca que hay economistas que los defienden y explica que la esperanza de que alcance un valor estable con el paso del tiempo es "teóricamente factible". "El arte, la pintura, es un activo financiero muy especulativo pero que ha conseguido alcanzar un punto de madurez, ha conseguido llegar a un equilibrio y que no necesariamente colapse", explica.

La visión de Antonio Pedraza, presidente de la Comisión Financiera del Consejo General de Economistas es algo más pesimista. "Son un auténtico peligro, una bomba de relojería, una montaña rusa. Son monedas descentralizadas donde la oferta no está controlada por nadie. Es un tema peligroso. Quiero recordar que se le atribuye en algunos casos que dentro puede haber un esquema Ponzi", sostiene.

La revolución tecnológica que viven las finanzas, con el auge de los pagos digitales y con ellos de empresas tecnológicas que ofrecen servicios financieros, ha alertado a bancos y Gobiernos, que temen quedarse sin armas para influir sobre la economía en un mundo en el que cada vez circula menos efectivo.

"Hay un mundo no supervisado reemplazando los billetes, entonces el banco central pierde los instrumentos que tiene para supervisar la economía, con todo lo que implica, desde controlar el lavado de dinero, el crimen… ", explica Alejandro Neut. "Si no hay billetes de bancos es difícil controlar los tipos de interés y de alguna manera apoyar la salida de una crisis o frenar la economía en caso de un boom", añade.

Para que la revolución en las finanzas no les pase por encima, los tres bancos centrales por excelencia - el BCE, la Reserva Federal estadounidense y el Banco Popular de China- están trabajando en proyectos govcoins, una suerte de versiones digitales de euro, dólar y yuan. El más avanzado de ellos es el de China -un país en el que alrededor de un 20% de la población está fuera del sistema bancario- , que ya tiene en marcha un proyecto piloto. La Unión Europea ha puesto en marcha un proyecto de euro digital, que se encuentra actualmente en una fase de estudio que se prolongará al menos dos años más.

Pero los govcoins, tampoco están exentos de incertidumbres. Una de las principales preocupaciones entre los economistas es que las monedas digitales reemplacen a los depósitos bancarios. ¿Qué ocurriría si en lugar de tener una cuenta en un banco tradicional almacenáramos nuestros ahorros directamente en euros digitales en el BCE?

La banca tradicional, además de almacenar nuestros ahorros, concede hipotécas, da créditos a empresas, invierte... contribuyendo así a dinamizar la economía. La idea de trasladar esas funciones a los bancos centrales no es del gusto de todos. "Las economías occidentales tienen un problema con tener al banco central como prestamista, lo asociamos con ineficiencias. Queremos mantener esta canalización de crédito", concluye Neut.

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