Recuerdos del pueblo

Con la vuelta a la normalidad, el turismo vuelve a coger fuerza y muchos son los que se lanzan a buscar nuevos destinos para visitar este verano. Atrás dos años de restricciones y muchas escapadas al mundo rural. Los pueblos volvían a sacar pecho, aunque fuese por las circunstancias. La crisis económica quizá sea lo poco que puede remar a su favor los próximos meses. Esta semana además conocí la existencia de una plataforma "Vente a vivir a un pueblo" que tiene el objetivo de repoblar la España menos visible. No es lo mismo vivir en un pueblo, que pertenecer a él. Los recuerdos se forjan de ese sentimiento.

Cuando era pequeño, una de mis predilecciones era poder escaparme con mi tío Jesús al pueblo donde vivían mis abuelos paternos. Aunque en verano era habitual ir con mis padres, las de mi tío eran especiales. Quizá por aquello de ser un sobrino preguntón. Eran escapadas cortas, de fin de semana, pero donde todo se hacía según el ritmo que en Castilblanco, Badajoz, se marcaba. Desayunábamos pronto, nos montábamos en la furgoneta Citroën C-15 de mi abuelo Luis e íbamos a una finca en el campo a echar de comer a las gallinas, las palomas y a nuestro querido Otto. Un pastor alemán que de cachorro se merendaba mis zapatillas de estar por casa, y se divertía persiguiendo escurridizos gatos callejeros. Un perro que en sus primeros años convivía en el jardín de casa de mis abuelos junto a un galápago al que mi abuela Encarna echaba pescado congelado para comer, pero que después creció mejor en aquel terreno donde era el jefe. Nunca supimos qué pudo pasar el día que desapareció cuando tenía 8 años. Fue un duro golpe para el abuelo Luis, era su gran amigo durante el resto del año, donde no tenía un nieto que le acompañase. A la vuelta de la finca tomábamos un huevo frito a media mañana como solamente lo sabía hacer la abuela. Con puntillitas.

No es lo mismo vivir en un pueblo, que pertenecer a él. Los recuerdos se forjan de ese sentimiento

En el pueblo aprendí a coger espárragos trigueros en primavera, también níscalos entre pinares durante el otoño. Los más pequeños, los botones que llamaba mi padre; eran los más ricos con jamón, ajo y perejil. A veces me llevaban a quitar los mamones a los olivos, qué cosa tan odiosa. Con mi tío aprovechaba para adentrarnos en la naturaleza con su coche buscando algún jabalí, corzo, ciervo, gamo o cualquier alimaña de monte para observar. Jamás para cazar, aunque una vez unos del pueblo me llevaron medio engañado y aquel disparo a un viejo venado nunca se me borró de la mente. Sí que me gustaba pescar lucios y black bass en los embalses que dejaba el Guadiana. Tardes y tardes echando la caña para volver de vacío. En ocasiones porque según picaba lo soltábamos de nuevo. No he vuelto a pescar desde la adolescencia. Por entonces quería ser biólogo, no periodista. Ir a tomar el aperitivo al bar de un primo y que te pusieran unos deliciosos torreznos en bandejitas metálicas, antes de llegar a comer en una mesa con brasero. Con mi abuela veía la televisión a solas por la noche, mientras mi abuelo se había ido a dormir con un Almax bajo el brazo. Hasta que caía rendido eran nuestros momentos de confidencias. Era un niño, casi adolescente, un afortunado y un ser feliz. Me sentía parte del pueblo, o el pueblo formaba parte de mí, aún no he conseguido dilucidarlo. Era un muchacho que hoy en día agradece haber tenido esa oportunidad de tener esos recuerdos. En mi vida he tenido tres pueblos, solamente uno me marcó.

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