La respuesta (y el problema) está en el mar

Tal día como hoy, en 1910, nacía el explorador francés Jacques-Yves Cousteau. Siempre que buceo recuerdo sus documentales. Con ellos descubrí un mundo marino fascinante, desconocido, inmensamente bello, pero terriblemente frágil. Suya es una frase muy actual: "Si seguimos vertiendo basura al mar, nos convertiremos en basura". En ello estamos, con microplásticos en la sangre y hasta en la leche materna.

Cousteau nos descubrió un mundo submarino hasta entonces oculto, pero más adelante, cuando nos exhortó a cuidarlo, nos negamos a escuchar. En 1979 publicó la Carta de Derechos de las Generaciones Futuras. Pretendía llamar la atención sobre los peligros a los que se enfrentarán los aún no nacidos por culpa del deterioro del planeta. Desde entonces, todo ha ido a peor.

El mar es nuestro termómetro del cambio climático, también su principal regulador, pero está calentándose a un ritmo vertiginoso. El pulso del planeta se ha disparado. El límite de un grado y medio de temperatura global se superará con facilidad en esta década, y en 2050 se alcanzarán incluso los dos grados. ¿Qué pasará después? Poder es querer, pero en realidad no queremos. No queremos dejar de especular con la producción industrial (la pela es la pela) ni apretar menos el acelerador del consumo planetario de moda rápida, de comida rápida, de turismo rápido y voraz.

Con las primeras olas de calor veraniegas acudiremos en masa a las playas buscando sosiego, pero seguiremos sin ver en el mar ese espacio donde nació la vida, nuestra vida, y que estamos matando. Ya lo decía El Principito de Saint-Exupéry: "Lo esencial es invisible a los ojos". Nada hay más esencial que cuidar el mar. Y nada más invisible que nuestro interés por protegerlo.

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