Setsuko, superviviente de la bomba atómica de Hiroshima: "Aún muere gente por los efectos tardíos de la radiación"

Setsuko Thurlow tenía 13 años aquel 6 de agosto de 1945, cuando el día se hizo noche de repente en Hiroshima. Aquella niña fue testigo del horror que dejó en la ciudad japonesa la bomba atómica que Estados Unidos lanzó. Desde hace décadas, su misión es contar su historia con el objetivo de concienciar sobre la necesidad de que los países se comprometan con el desarme nuclear. Con ese fin, y para instar al Gobierno a que firme el tratado de prohibición de este tipo de armamento, se encuentra estos días de visita en España.

"75 años después, aún muere gente por los efectos tardíos de la radiación. Es algo que continúa y es muy importante que se sepa", ha advertido Setsuko este lunes en Madrid. En un evento organizado por la Embajada de Costa Rica en la Casa de América, una de las pocas supervivientes de aquella masacre ha conmovido con su historia a un auditorio de más de medio centenar de personas.

Esta mujer, que hoy tiene 88 años, considera que tiene la responsabilidad de contar "lo que las armas nucleares les hacen a los cuerpos humanos" y cree que es una obligación moral hablarle al mundo del horror que provocan. "Pasé de sentirme víctima a convertirme en activista cuando fui a Estados Unidos en 1954 con una beca tras acabar la carrera. Aquel año habían hecho una prueba con una bomba de nitrógeno en el Pacífico Sur. A los japoneses nos molestó mucho que después del sufrimiento causado, siguieran probando armas y preparándose para otra guerra nuclear", ha explicado.

Pese al tiempo transcurrido, Setsuko recuerda muy bien cada detalle de aquel lunes. Japón estaba perdiendo la guerra y sus habitantes se estaban preparando para un ataque aéreo. A las ocho de la mañana, ella, miembro de un programa de movilización de estudiantes para el Ejército, se encontraba en el cuartel general, cuando de repente vio "una luz muy fuerte a través de la ventana". "Tuve la sensación de estar flotando en el aire. Todavía a veces me acuerdo y creo sentir lo mismo, lo tengo muy vivo", ha relatado.

Aquella menor perdió el conocimiento y cuando despertó se dio cuenta de que se hallaba bajo los escombros de un edificio que se había derrumbado. Creyó estar enfrentándose a la muerte pero un hombre logró liberarla. A partir de ahí fue testigo de los estragos que la explosión había causado en miles de civiles. "Mi hermana y su hijo de cuatro años iban de camino a un hospital. El ataque les sorprendió mientras cruzaban un puente y cuando los vi después no parecían seres humanos. Estaban quemados de forma irreconocible. Fallecieron a los pocos días", ha contado, antes de afirmar que "la imagen de su sobrino todavía sigue con ella, se quedó clavada en mi mente, y es lo que la mueve para luchar contra el desarme nuclear.

"Es inmoral y no es ético tener armas nucleares. Si queremos garantizar un mundo justo y seguro tenemos que eliminarlas. Ese es nuestro objetivo, la eliminación total. Si seguimos desarrollándolas tenemos que estar preparados para que un día se puedan lanzar", ha advertido.

Junto a Setsuko, el doctor Carlos Umaña, vicepresidente regional de IPPNW (Asociación Internacional de Médicos para la Prevención de la Guerra Nuclear), ha alertado de que la humanidad está en un alto nivel de riesgo. Un riesgo que viene motivado "por la retorica incendiaria de los líderes de las potencias nucleares y sus amenazas de usarlas; el cambio climático, que puede generar conflictos, y el peligro creciente de una detonación accidental".

"A través de la prohibición se ha podido destruir el resto de armas de destrucción masiva. Se creó una normativa internacional y un rechazo social que acabaron con ellas", ha defendido y se ha mostrado esperanzando de que la historia de Setsuko sirva para que la sociedad abra los ojos sobre el riesgo latente en el que se encuentra: "El riesgo de que lo que ella vivió se podría repetir pero a una escala muchísimo mayor".

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